Salzillo, testigo de un siglo

Antonio Jiménez

Éste es el título de la prodigiosa exposición que conmemora el tercer centenario del nacimiento del imaginero murciano. Una retrospectiva perfectamente diseñada para poner al observador en los antecedentes necesarios que hagan comprender al artista y a su obra.

Sinceramente tengo que rebuscar en el extenso vocablo de nuestra lengua, palabras que intenten, y digo intenten, porque es casi imposible, que puedan expresar lo que personalmente he visto, sentido y vivido a lo largo del camino marcado por ese laberinto barroco, escoltado por pinturas, documentos e imágenes de aquél siglo mágico.

El recorrido comienza algo frío, tanto en cuanto en los primeros puntos del mismo, el visitante se encuentra con pinturas, mapas y escritos, que ponen en situación política, histórica y geográfica, lo que fue el siglo XVIII, en España, y más concretamente en Murcia. Muy pronto aparece ante nuestros ojos alguna escultura antecesora al nacimiento de Salzillo, como por ejemplo, el Cristo del Pretorio, de Nicolás de Bussy que hace ascender el tono artístico de la exposición. Casi por sorpresa a aparecen las primeras obras del insigne escultor murciano, a la vez que el recorrido se empina hacia la parte superior del museo. A través de rincones, escaleras y pasillos, seguimos descubriendo auténticas obras maestras, que no dejan impasible a nadie, y que sin darte cuenta, hacen a quien las admira, le florezcan inquietudes que seguramente desconocía poseer y esto hace que metro a metro, y obra a obra, el estado de asombro que se apodera del observador se traduzca en estado de éxtasis, en uno de los momentos cumbres de la visita, la sede central del barroco salzillesco, la Iglesia de Jesús

En el mismo centro del templo más nazareno de Murcia, se encuentra la Santa Cena, admirarla es como transportarse al mismísimo habitáculo en donde Jesús, cenara por última vez con sus amigos, y desvelara los planes de Judas. Pero casi no te da tiempo de seguir absorto unos 2000 años atrás, ante las obras que circundan la iglesia, y que te atraen sin poder evitarlo. Quién se puede resistir ante la divinidad del Ángel de la Oración, o la dulzura del rostro del Cristo de los Azotes, o que decir de la belleza inusitada de la faz del Cristo de la Caída.

Sin querer, pero sin remedio, continua el recorrido por la puerta que conduce al recién restaurado templo de San Andrés, y tras contemplar bocetos, y diversas obras de Salzillo y sus contemporáneos, aparece ante nosotros la obra cumbre del escultor. San Juan. No hay palabras para describirlo. Pero como ya ocurriera anteriormente en la iglesia, no puedes quedarte ni un solo momento más ante el discípulo amado, ya que éste se encuentra escoltado ante el altar de la iglesia, por obras tan impresionantes como el San Jerónimo, La Virgen de las Angustias, o el Santísimo Cristo del Perdón.

El colofón de la exposición, a modo de bálsamo, para los momentos vividos con anterioridad, llega de la mano del inacabado pero inigualable Belén, que Salzillo tallara en las últimos años de su vida.

Después de esto, volvemos a la realidad en la que nos ubicábamos apenas unas horas antes, pero eso sí, después de darnos cuenta de lo grande que fue, y sigue siendo, Francisco Salzillo.


Leave a Reply