En mis manos, en dos trozos de papel tamaño cuartilla, blanco amarillento y con alguna muesca (como cualquier víctima tras el paso de los años), mecanografiado y con el título escrito a mano; vino a caer este hermosa carta. Su autor Juan Rodríguez, y escrita aproximadamente hacia 1965.
A los ilusos
¡Vosotros, los soñadores, los ilusos, los poetas; los fanáticos y visionarios que os enroláis resueltos para la aventura imposible; los que desplegáis vuestras velas al viento huracanado y arrojáis por la borda vuestra brújula al mar!……! Y los que perseguís al ciervo de los cuernos dorados!. ¡Deteneos un momento, por favor, y escuchadme!. Yo quiero ir con vosotros. Yo quiero participar también de vuestra sublime insensatez. ¡Pero por favor, escuchadme!. ¡Sabed lo que os aguarda! Si sois perseguidores de una bella utopía la vida os dará el pago mas cruel y siniestro.
El pescador de perlas se deja sus pulmones, su vista y sus oídos en el fondo salado de los mares. Sus ojos, comidos por úlceras monstruosas; sus tímpanos, endurecidos o rotos por las altas presiones; sus bronquios, inservibles, y la miseria, a que se ven forzados, le aseguran una vejez más que horrible, impresionante.
El que persigue en arte la forma original de una belleza nueva, está condenado de antemano al fracaso. Todos se reirán de él. Nadie tendrá respeto para sus sueños. Fluctuará entre la desesperación y la locura. Y si se trata de un verdadero artista y no de un mercachifle, morirá en la miseria.
Jesucristo, el poeta divino que ha tenido la Humanidad, predica la paz y la justicia entre los hombres. La sociedad en que vive lo clava en una cruz. Una turba de fariseos se rasga las vestiduras desde entonces por el horrendo crimen; pero la humanidad de hoy no es mejor que la de ayer, ni será peor que la de mañana.
Al que persigue la utopía del amor le espera el mas triste destino. Su alma está llena de una melodía interior que nadie será capaz de comprender. Es un pobre demente, al que quizá no claven en una cruz, ni hagan escarnio de él, ni le salgan úlceras en los ojos, porque lo que sin duda alguna ha de ocurrirle es que le harán pedazos el corazón.
Juan Rodríguez Aldeguer
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